Familia y música

| 8 enero, 2018
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Manuel García Déniz para El Periódico Digital de Lanzarote

Benigno Díaz MesaConocí a Benigno Díaz Mesa desde el dolor. La muerte de mi compañero de clase de tercero de EGB Francisco Javier Díaz, en un desgraciado accidente, me puso, por primera vez, ante la muerte de una persona de mi edad, un niño todavía, y ante una familia destrozada. En esa triste situación, entre funerales y lágrimas, vi por primera vez a sus padres, Benigno Díaz Mesa y Carmen Rodríguez Cabrera y a sus hermanos, chicos y chicas desconsolados con la pérdida. La desgracia volcó al pueblo de Tías, todavía eminentemente rural en aquellos años de la década de los setenta del siglo pasado, con la familia. A mi edad, la misma que la del chico fallecido, el impacto del primer entierro, la pérdida del compañero, me llenó de pena, como al resto de los chinijos que compartíamos clase con Francisco Javier.

Para mí, desde aquel momento y durante muchísimo tiempo, cada miembro de la familia era conocido por el parentesco que tenía con el niño que murió prematuramente. El hermano de, la hermana de, el padre de, la madre de Francisco Javier, hasta que cada uno fue definiendo su vida y marcando sus propias relaciones y dejando su huella. Así, Nino empezó a ser el músico y compositor; Bernardita, la profesora de inglés; Toña, la auxiliar de la Farmacia de Tías; Laura, la novia de mi sobrino Juanjo y Bosco, el instructor de la escuela de música de Tías y director apasionado de los musicales que escenificaba en el teatro. Y Benigno Díaz Mesa, para mí, al igual que Carmen Rodríguez, eran su padres, el de todos y cada uno de ellos. Y valoraba, sobre todo, el amor con el que los habían criado y educado.

Con el tiempo, y desde mi función de director de la revista El Horizonte, que volví a recorrerme los rincones de Tías diariamente, como en aquella infancia y juventud que tanto añoro, conocí mejor a la persona en sí de Benigno Díaz Mesa. Al margen de su familia. Y me sorprendió, sobre todo, el enorme respeto que inspiraba. Recuerdo a Juan Pedro Valiente, vecino de él toda la vida, y a  Pepe Juan Cruz, cuando eran concejales de Tías,  de Cultura, el primero, y alcalde, el segundo, hablar de “Benino”, como decían ellos, con un respeto y consideración contagiosos. Para ellos, la Iglesia de la Virgen de la Candelaria y el Rancho de Pascua eran cuestiones en las que no se podía tomar una decisión sin conocer antes la opinión de “Benino”. Así que se trasladaban a la parte alta del pueblo, parlamentaban despacio con Benigno, escuchaban sobre todo, y ya estaban dispuestos a afrontar la obra con firmeza. Ese respeto lo encontré también en todos los grupos folclóricos y en muchos que recordaban las horas de aprendizaje al lado del maestro Díaz. Todos lo definían como un hombre bueno, marcado por la pérdida aquella, que se entregaba sin desconsuelo a la iglesia de La Candelaria en todo lo que hiciera falta, acompañado siempre por su amigo Lázaro.

Le vi llorar de dolor pero también de alegría. De orgullo. Cuando su hijo Nino Díaz se subía al escenario, él lo vivía como una experiencia casi propia. O más intensamente que si fuera propia. No podía negar, tampoco ocultar, la emoción que le embargaba al oír aquellos sonidos que su hijo creaba con maestría. Lloraba sin poder remediarlo, sin vergüenza, porque él sabía mejor que nadie el infinito camino que había desde aquel pueblo de Tías que vivimos en nuestra infancia hasta llegar a estudiar a un conservatorio catalán. El esfuerzo económico, al que él se sumó sin escatimar sacrificios, la prestancia que puso para inculcarle sus conocimientos musicales iniciales y la voluntad para que no cayera abducido en un entorno local que no era el más propicio ni para la cultura, ni, mucho menos, para algo tan especial como la música. Oír a su hijo, verlo sobre el escenario, conocer de su aventura musical en la lejanas tierras peninsulares y en sus desconocidas fronteras europeas era el mejor certificado de que  había triunfado. De que había vencido los elementos y su tristeza para triunfar en lo que tanto quiso: la música. El mejor refugio, junto con la religión, para escapar de la desesperación y la pena.

Hoy, a los 87 años, en una tarde fría y desapacible, como suelen ser en invierno en la zona alta del pueblo de Tías, se decidió a abandonar su vida, después de aguantar estoicamente la enfermedad. Seguro que ya está oyendo clarinetes, timples y guitarras, sin saber elegir entre su pasado folclórico y su presente de padre de músicos de profundas raíces clásicas.

Descanse en Paz, Benigno. Seguro que se va a encontrar con quien lleva tantos años echando de menos.

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Categoría: Manuel García Déniz

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